Bueno, pues poco a poco voy cogiendo el ritmo del viaje (no sabe uno cuantas veces usa el verbo coger hasta que viaja a Argentina). Estoy en La Paz, Bolivia, y tengo varios relatos atrasados, pero me ha sido imposible. Pero hoy he parado para cambiar las ruedas de la moto y terminar varias cosas que tengo a medias (como un vídeo sobre las carreteras argentinas). Ya he colgado la hoja de gastos hasta el día de hoy y os dejo el primer relato de la segunda etapa.
Pues en Salta comienza la segunda etapa del viaje. Yo que pensaba que hasta ahora había sido duro y ahora empezaba lo bueno. En principio la etapa iba hasta San Pedro de Atacama directamente desde Salta. Es lo que pasa cuando organizas un viaje, buscando la información por internet, hay muchas cosas que no se ven. No se sabe cómo son las carreteras realmente, si hay obras o no (desde que empecé el viaje, mínimo cada hora me encuentro con un tramo en obras) o si es buena idea pasar por según qué sitios a ciertas horas. Y eso es lo que pasaba con este día, según me contaron unos moteros (o motoqueros como dicen en Argentina) que conocí en una gasolinera camino de Corrientes, el paso de Jama había que cruzarlo antes de las 2 o las 3 de la tarde, porque por las carreteras de curvas bajando hacia San Pedro de Atacama se formaban capas de hielo peligrosas. Uno de ellos me contó cómo en su viaje desde Ushuaia a Canadá, cuando pasó por Jama, se calló por culpa de una de estas capas de hielo. La moto se quedó en una cuneta de forma que no tuvo forma de sacarla. Tuvo que ir andando hasta un grupo de casas que había a unos kilómetros e ir a buscar la moto tres días después, porque encima empezó a nevar y no podía pasar la grúa.
En fin, que decidimos dividir la ruta de ese día en dos y dormir en Susques como me habían aconsejado. Susques es un pueblo diminuto que está a 170 kilómetros del paso de Jama. Es el último antes de la frontera y por eso mucha gente hace noche allí para, al día siguiente, llegar a San Pedro, como yo mismo quería hacer.
Desde Salta hasta casi Purmamarca parecía que iba a llover. Esos días y por esa zona había habido tormentas en las que se habían destruido casas e incluso había muerto gente, pero yo no me enteré de nada. Parecía que, o yo iba más rápido que la tormenta o iba detrás de ella…pero ese día tenía toda la pinta de que me tocaba mojarme. Pero no fue así, a pocos kilómetros de Purmamarca de golpe se abrió el cielo y salió el sol. Ese sol que en esta parte del mundo, me imagino que por la altitud, pega de una forma descomunal. Yo llevo toda la cara quemada, y eso que voy con casco!
Purmamarca es un pequeño pueblo que vive del turismo. Su principal atracción (y única, creo) es el monte de los siete colores a los pies del cual está asentado el pueblo. Llegué al principio de un fin de semana largo y estaba el pueblo lleno de autobuses, turistas y demás. El pueblo estaba cerrado a los vehículos y había que aparcar en un “parking” a la entrada del pueblo. Como iba a dejar la moto sola y quería una foto con ella delante del monte, rodeé el pueblo, hice un par de direcciones prohibidas y llegué lo más cerca que pude.
La carretera ya llevaba un rato subiendo y, aunque todavía era muy poco, ya empezaba a notar la falta de oxígeno y de fuerzas…que cada vez que tenía que subir la pierna por encima del sillón me costaba más. Durante todo el camino no paraba de ver paisajes dignos de foto. Me habría parado cada kilómetro, pero no tenía tanto tiempo…
Pronto la tímida subida de la carretera se convirtió en una pendiente de esas que subes 100 metros de altura en un minuto…¿no querías curvas? ¡pues toma dos tazas!
Y así llegué a un puerto de montaña situado a 4170 metros. Era lo más alto que había subido en mi vida, y ya sí que notaba la falta de oxígeno…y la moto también. Cuando cogí el embrague para parar a hacerme la foto de rigor la moto se paró directamente. La arranqué y se volvió a parar. Una risilla nerviosa es todo lo que pude emitir. Me bajé de la moto y rápidamente me fijé en un chaval que estaba allí sentado, junto a su bici, comiendo frutos secos. Ya había visto a varios ciclistas por el camino y me parecía increíble, ¡yo casi no podía respirar yendo sentado en la moto!, Adrián me contó que era de la zona, que él ya vivía a casi tres mil metros y que para él subir allí no era tanto…no sé, yo no llegaría ni a la primera curva. Lo mejor era que estaba esperando a su padre, de 65 años…
Mientras esperábamos los turistas paraban todo el rato a hacerse la foto de rigor y nos pedían a Adrián o a mí que se la hiciéramos. Él no les decía casi nada, pero después de un rato me confesó que no podía con los porteños “se creen que Argentina son ellos, y dan una imagen al resto del mundo que no es Argentina…”. Después de un rato charlando llegó su padre. Me regalaron unas nueces y un bote de algo parecido al cabello de ángel. “No puedes ir sin comida hasta Susques!”.
La verdad es que me sentó de maravilla, que no había comido y eran las 4 de la tarde. Cuando viajo no suelo comer durante el día, me da sueño y me es más difícil aguantar todo el día conduciendo.
A partir de ese momento, yendo todo el tiempo sobre los cuatro mil metros de altitud, la sensación era increíble. Vas como por encima de todo, como que pocas cosas están más alta que tú en ese momento, y la sensación de libertad es impresionante. Por el camino me encontré con el primer salar del viaje. Me encantó rodar por la superficie plana y blanca que se perdía en el horizonte…
Al rato llegué a Susques y empezó mi pesadilla.
Había leído todos los síntomas del mal de altura y antes de venir estaba un poco preocupado. Si lo noté bastante en los Pirineos, a dos mil y pico metros, ¿cómo lo iba a vivir casi a 5000?. Pero como hasta ese momento sólo había notado una pequeña dificultad al respirar y una falta total de fuerzas, tampoco le había dado mucha importancia, con no moverme mucho…
Pero al llegar a Susques me empecé a encontrar regular. Ya no sólo me costaba respirar, ademas me empezaba a doler la cabeza y a tener un poco de nauseas. Nada más meter las cosas en la habitación, engrasar la cadena de la moto y llenar el depósito, le pedí a la del hostal un té de coca. Me sentó bastante bien y pensé que se habría pasado. Cené y me fui a la habitación, cansadísimo. “Hoy voy a dormir del tirón hasta las 7”, pensé. Fue una de las noches más largas de mi vida. Cada vez que me dormía me despertaba sin aire, como si me estuviera ahogando. Una noche larga, lo dicho.
A la mañana siguiente, me dolía todo, tenía nauseas y me daba vueltas la cabeza. Fui directo a pedir otro te de coca porque si no se me asentaba el cuerpo no iba a poder desayunar ni conducir ni nada. Y así fue, a la media hora ya estaba desayunando y me encontraba mucho mejor.
Por el camino al paso de Jama seguía con esa sensación de estar en el techo del mundo…maravilloso.
De ahí llegué a San Pedro de Atacama, donde me esperaba mi primer paso de frontera. Salir de un país es casi siempre fácil, los problemas vienen al entrar en el otro. Allí llegué, otra vez sudando (al bajar a los dos mil y pico metros el frío aire que había arriba desaparecía y el sol tomaba mucha más presencia) y con todo a cuestas (chaqueta, bolsa sobredepósito, mochila con camelback, los papeles, la espaldera…) me fui paseando de ventanilla en ventanilla. Eso sí, en plena calle, que te diera bien el sol. Cuando ya parecía que estaban todos los trámites aduaneros faltaban los de sanidad. Me hicieron descargar las maletas, la bolsa con la ropa, el top case…y a seguir sudando.
Por fin me pusieron todos los sellos y me fui a buscar donde dormir. Ardua tarea porque allí también era fin de semana, claro, y también estaba lleno de turistas. Al fnal encontré uno donde la moto dormía en la puerta de la habitación.
Lavé algo de ropa y me fui a dar un paseo al pueblo. El pueblo es pequeño y el centro es bonito, pero tiene ese aire (y esos precios) de ciudad convertida en centro comercial del turista. Para afianzar aún más esa sensación vi que los carteles de las calles tenían el logo de Movistar… Un zumo, unas fotos y pa la cama, que mañana esperaba que iba a ser duro…¡pero no sabía cuanto!Ya os contaré, además lo tengo todo en vídeo, pero os dejo un adelanto.Luego lo arreglé mejor, esto fue temporal


























Dos cositas:
1. Te daras cuenta de cuantas veces usas la palabra coger hasta llegar a Mexico. Tambien te daras cuenta que usas la palabra concha y pija
2. Dile a mi tocayo que hay 16 millones de porteños en un pais de 40 millones, obviamente 16 millones de personas no pueden ser iguales, aunque por el motivo que sea fuera de Buenos Aires se suelen encontrar prejuiciosos. Aqui en Canarias pasa algo similar con los peninsulares, son todos ¿godos?…
Espero con ansias el video.
Un saludo.
PD: Hace mucho que no tengo pesos chilenos en las manos, pero por lo que dices imagino que si son de plastico y no de papel moneda, ese tipo de billetes hay en varios paises.
Qué duro …el mal de altura ,tantos kilómetros seguidos ,el calor ,el lío de la frontera de Bolivia …pero también muy buenos momentos ,seguro que luego solo recordarás estos. Que descanses .Un beso